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jueves, 25 de julio de 2013

AQUELLOS NIÑOS QUE SOMOS (Continuación}

EL TIEMPO Y SU ROSTRO  Capítulo 8


''Cuando escuché el estallido del primer disparo, me llevé instintivamente la mano a la cara; comprendí entonces que aquella mañana iba a ser la última de mi vida.''
Así me decía tía cada vez que se me aparecía en cualquier sitio. Me enseñaba el pequeño lunar que le hizo la bala en la mejilla izquierda, aquel pequeño orificio por donde le entró la muerte.
A todo esto, la maestra seguía explicando, con su voz aflautada, las tablas de multiplicar, pero yo solamente me escuchaba diciéndole a tía que me dejara tranquilo, que había mucho tiempo después para conversar, pero ella seguía allí, detrás de la maestra, mirándome con aquellos ojos suyos, tan tranquilos.
Ahora la maestra escribiendo con su tiza color malva sobre el rostro de tía. Desde allí me está hablando y yo con miedo a que la descubran.
Para rehuirla miré por la ventana. Las quicalias[1] mostraban su fuerte ramazón y las flores inundaban con su noble aroma la habitación convertida en aula, pero tía estaba allí, en el color de las flores, señalándome la huella del disparo en su mejilla.
Con el tiempo, el rostro de tía se me aparece en cualquier sitio, no respeta ni que la maestra esté explicando las tablas. Su soledad y tristeza hace que algo tibio me recorra
por dentro, apriete mi garganta y se me salgan las lágrimas, sin yo quererlo. Es entonces cuando la maestra viene, me pasa la mano con suavidad por el cabello y me dice que si no sé las tablas no tengo por qué llorar, sino atender a las clases y dejarme de estar mirando para las flores del patio.



[1] QUICALIAS:  O quiscalia. Planta de jardín, de tallos fuertes en forma de bejucos que se enredan entre sí. A sus flores ( en ramillete, rojas o blancas) les llaman la flor del manzano, por su aroma parecido a este fruto. Esta planta es muy difundida en Cuba y otras partes del Caribe, incluso en Miami

lunes, 8 de julio de 2013

AQUELLOS NIÑOS QUE SOMOS. (Continuación)

 VOLABAN  LAS PICUALAS

Recuerdo que fue un domingo.
Triste paradoja que me guardaba ese día.
Hermoso y apacible, alegre por demás para todos los que no teníamos que movernos de la tibia cama para ir a la escuela ni los adultos a trabajar.
Ese día amaneció Jalisco tieso y lleno de hormigas bravas, debajo del limonero.
Recuerdo que esa noche no lo sentí ladrar y hasta me alegré porque pude dormir a piernas sueltas sin su ladrido dentro de mis sueños.
Mamá me avisó a la cama.
Cuando llegué a donde él, ya papá lo estaba enterrando allí mismo, bajo la mata de limón.
Me dio tiempo, tan sólo, de verle la punta negra de la cola antes de que la paletada de tierra le cayera encima.                                                                                                                            
Algo muy grande y violento me quemaba la garganta, algo que me impedía llorar. Abracé a mamá. Ella me acarició suavemente el cabello diciéndome que ya tendría otro perrito.
-¿Manchado, mamá?- le pregunté, y luego -¿Y le puedo llamar Jalisco?
Mamá no me contestaba.
Miré para arriba, el cielo estaba con algunas nubes negras, como si fuese a llover y allá en lo alto, encima de nuestro patio, me pareció que volaban unas picualas.

Entonces sí empecé a llorar.

(Continúa la próxima semana.)