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viernes, 7 de junio de 2013

AQUELLOS NIÑOS QUE SOMOS (Continuación)

JALISCO




 
Era un perro bravo, aunque le saliera muy a las claras su condición de perro “tiralatas” sato o callejero. Rafa me fastidiaba, decía que no tenía “pedigrí”, ná, una palabrita que se le ha pegado de sus lecturas de Lassie o Rintintín.
Era blanco con manchas negras o negro con rayas blancas, eso no me importaba en lo más mínimo porque uno quiere a su primer perro del color que sea.
Jalisco me daba por las rodillas y eso que yo era alto para mis nueve o diez años. Cuando me veía regresar de la escuela movía su colita negra, contento, porque sabía que yo le llevaba alguna golosina. Lo que más degustaba al sinvergüenza era la conservita de guayaba. Me divertía con él una barbaridad porque la crema se le prendía de los dientes y al cielo de la boca y formaba tal bronca que hasta mamá dejaba lo que estaba haciendo para ver aquello.
Nunca supe quien lo trajo ni quien le puso el nombre.
Recuerdo que fue una tarde. Regresaba de la escuela y mamá, mientras me cambiaba el uniforme, me dijo.
-Mi'jo, ve al patio para que conozcas a alguien, está bajo la mata de limón.
-¿Quién es?
- Ve al patio, es una sorpresa.
Allí estaba él con su collar y, sujeto al mismo un papel con un mensaje que decía, “me llamo Jalisco”
Entré loco de alegría a la cocina.
-¿Quién lo trajo mamá?
-No sé mi'jo, lo encontré echado allá afuera, frente a la puerta de entrada, temblando de miedo y de frío, con ese collar y ese letrero, el pobre ¡tenía un hambre!, ¿te gusta?
-¡Sí, sí, mamá … y le voy dejar el mismo nombre.
Desde ese mismo momento, nos hicimos grandes amigos. Muy tarde en la noche lo oía ladrar, su ladrido penetraba muy dentro del sueño hasta que me lo arrancaba de una vez, luego me demoraba en dormir con aquel ladrido nervioso pegado a mis orejas.

 Por las mañanas me iba hasta el patio y lo encontraba rendido de sueño, el pobre, y antes de irme para la escuela, aún dormido, le zafaba la cadena y se quedaba quietecito.

(Continuará próxima semana.)

1 comentario:

  1. Creo que este relato es un derroche de ternura , recuerdo cuando se murió Rabito, yo lloraba y lloraba y la única que me acompañaba era una mujer oiligofrénica ...supongo q los adultos de mi casa habrán pensado...pero si solo es un perro...
    Te abrazo , Ernesto..

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