ENTREVISTA A ORLANDO VAN BREDAM: SUS RESPUESTAS
ENTREVISTA
Entrevista realizada por primera vez a un escritor de
vasta trayectoria, entrerriano de nacimiento y formoseño por adopción, quien ha
obtenido no menos de doce primeros premios, entre los cuales se cuenta el
Premio Emecé 2007 por su novela "Teoría del desamparo".
¿Algo… a propósito de vos?
- OVB — Y…, este paquete
de genes nació en el invierno de 1952, exactamente a las ocho de la noche del
23 de agosto, hacía frío, muchísimo frío dice mi madre, tanto frío que si mi
abuela materna no me abrigaba con su cuerpo y me daba calor humano, no hubiera
existido más que unas pocas horas. Nací en un pueblo, Villa San Marcial, que
por aquel entonces no tenía más de doscientas almas, un pequeño lugar
incestuoso porque todos eran parientes pero seguían reproduciéndose con
euforia. De ahí vengo, del patio de la casa de esa abuela donde sólo había una
mora, latas y botellas vacías que mi imaginación de niño pobre convertía en
soldados y trenes. Mi padre era un comerciante empecinado, siempre le iba mal,
entonces cambiaba de pueblo y de rubro. En 1956 nos fuimos a vivir a
Basavilbaso y en 1960 a Concepción del Uruguay, como sabés, otras localidades
de la provincia de Entre Ríos, lo que me permitió hacer primero el secundario y
después el profesorado en castellano, literatura y latín.
Mi amor por la escritura
se despertó una tarde en que leí, en una traducción española llena de
arcaísmos, “La isla del tesoro” de Robert Stevenson. Tenía nueve años y en
secreto, decidí ser escritor hasta que me descubrieran. Fue mi madre la que me
descubrió. Un día, después de escribir un cuento, abandoné el cuaderno en el
comedor y me fui a jugar al fútbol en el potrero de al lado de mi casa. Mi
madre leyó el cuento y lo recordó toda su vida; yo no. Dice que era la historia
de un payaso de circo que estaba perdidamente enamorado de una trapecista, un
amor imposible. Es probable que yo estuviera enamorado de la maestra o de
alguna compañerita lejana. En fin, siempre ha sido así en mi vida, no sólo en
la infancia.
En la adolescencia me
olvidé, seguramente porque había sido descubierto, de aquella tentativa
escritural; la recuperé recién a los veintidós años, cuando después de
recibirme de profesor me vine a vivir a El Colorado. Aquí, lejos de todas las
comodidades de mi casa paterna, reinicié la conversación con “el hombre que
siempre va conmigo”, como dijo Antonio Machado; aquí se dio el silencio y la
soledad propicia para que la poesía se presentara desnuda y deseable en mi
piecita de soltero. Entonces no dudé, la música de Albinoni, de Mozart, de
Piazzola, de Serrat y los poemarios de Luis Alberto Ruiz, Juanele Ortiz, Manuel
Castilla, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Alfredo Veiravé, Miguel
Hernández, Oliverio Girondo y siempre, siempre Neruda crearon el clima para que
ella, la inefable poesía, quisiera estar conmigo, acostarse sobre la página en
blanco y permitir que una vieja Remington la besara desde los pies hasta la
frente.
- OVB — En 1989 apareció
el cuento, género con el que yo había iniciado mis desvelos y poco después las
minificciones que reuní en dos libros hoy inhallables. La novela fue siempre
una presa mayor, un objetivo de alta cacería. Después de varias novelas no
concluidas por dispersión de la trama o por puro aburrimiento del autor, en
2000 escribí la nouvelle “Colgado de los tobillos, la historia del Gauchito
Gil” que publiqué por mi cuenta en 2001. Este texto me gratifica, tanto por sus
múltiples ediciones como por ser uno de los pocos que siempre releo y nunca me
decepciona. En 2007 toqué el cielo con mis palabras, cuando un jurado integrado
por Abelardo Castillo, Andrés Rivera y Vlady Kociancich me otorgó el Premio
Emecé por mi novela “Teoría del desamparo”. Ese mismo año, “La música en que
flotamos”, una novela invadida por mi nostalgia setentista, fue finalista del
Premio Clarín Alfaguara y lo que es más importante: me había leído mi admirado
José Saramago, ese descomunal pensador. No me dio el premio pero no importa. O
tal vez sí, importa.
Importa.
- OVB — Tengo hoy
sesenta y tres años, estoy lleno de proyectos y de dudas, reviso todo el tiempo
mis propias ideas sobre la vida, la política y la literatura, amo el
relativismo de nuestra aporreada posmodernidad, no creo en dogmas ni en
preceptivas, considero que un escritor puede acatar todas las leyes pero en su
corazón o en su inconsciente es un francotirador, un anarquista decepcionado
con el mundo que con su escritura trata de repararlo o al menos, de embellecer
el horror. En mi caso, ya no trato de reparar nada, sólo estoy convencido de la
necesidad casi fisiológica de escribir como cuando nos despertamos en medio de
la noche para ir al baño. La escritura en mi caso, es hija de una necesidad
incomprendida. Nunca viví de ella y no está en mi naturaleza que así sea. No
obstante, soy muy feliz cuando la gente compra y lee mis libros porque sin el
público no hay escritor ni escritura posible.
Así que el correntino Antonio Mamerto Gil Núñez, en tanto
Gauchito Gil, te afirmó como narrador de largo (o mediano) aliento. Y no mucho
después, una matanza acontecida unos treinta años antes de nuestra última
dictadura cívico-militar, en lo que se denominaba Territorio Nacional de
Formosa, te promueve la concepción de una novela con una estructura peculiar.
- OVB — Desde 1992, en
que entré accidentalmente en contacto con el universo mítico de Antonio Mamerto
Gil, el gauchito correntino, injustamente asesinado por quienes se decían
representar la ley de entonces, he seguido de cerca este fenómeno de evidente
devoción religiosa con mucha curiosidad y asombro. He visto a lo largo de estos
veinticuatro años no sólo el acelerado crecimiento de simpatizantes sino
también los cambios en los pedidos de favores que se le hacen. Cuando todavía
esta forma de religiosidad popular no estaba tan expandida, era posible ir al
santuario de Mercedes un 8 de enero y asistir con comodidad a esa gran fiesta
pagana donde los rezos, los intercambios de objetos, las velas y cintas rojas,
los agradecimientos cargados de emotividad se mezclaban con la música, el baile
y el reencuentro con amigos. Hoy, en cambio, desde hace ya dos lustros, son
miles y miles de personas que esperan pacientemente bajo temperaturas que
rondan los cuarenta grados o bajo la lluvia, el momento de acariciar la cruz
del santo y rendirle después, como se hizo siempre, una liturgia personal,
íntima, un rito que sólo conoce el que lo lleva a cabo. Es la misma devoción
multiplicada por cientos de miles y muchísimos más si agregamos todos los
santuarios repartidos por todo el país y también más allá de nuestras
fronteras.

Has realizado cursos de posgrado con un intelectual de “voz
única”, el de la “ficción crítica”, Nicolás Rosa (1934-2006).
- OVB — A Nicolás Rosa
lo conocí a través de dos seminarios que hice con él durante el cursado de la
maestría en enseñanza de la lengua y la literatura, en sus últimos años de
vida, y conservo todavía una impresión tan fuerte de su histrionismo, de su
facilidad para fascinar que desde entonces estoy convencido que la literatura
no se debe enseñar, sino hacer lo que él hacía: inculcar un entusiasmo
transformador. Eso hizo Nicolás con nosotros, los veinte alumnos que lo
escuchábamos embelesados. Celebro esa capacidad suya de construir un discurso
literario lleno de voces y gestos que durante su travesía podía absorber todo
lo que encontraba. Recuerdo haber aprobado su Didáctica de la Literatura I con
una monografía en la que me atrevía a discutir el canon porteño que él había
ayudado a consagrar, oponiendo escritores del interior, particularmente del NEA
(Nordeste Argentino). Fui muy osado y provocativo. Supuse que me desaprobaría.
Sin embargo, tuvo un gesto de grandeza que nunca olvido a la hora de evaluar a
mis alumnos. Me escribió al final del trabajo: “No coincido en nada con sus
criterios y elecciones pero su argumentación es brillante”. Me aprobó con un
10.
¿Compaginarías un volumen con tus textos ensayísticos que más
valores? “La educación sentimental de los varones” es uno que leíste en el XII
Foro Internacional por el Fomento de la Lectura y el Libro, en Resistencia, la
capital de la provincia de Chaco.
- OVB — No lo he pensado
pero no lo descarto. La mayoría de ellos, sobre todo a partir de 2006, están
ligados a mis preocupaciones acerca de la enseñanza de la literatura y también
sobre la recuperación de la lectura literaria, ya que fuimos un país de
lectores y las diversas políticas estatales, sobre todo de la última dictadura
y el menemismo, nos hicieron retroceder muchísimo, nos quitaron el libro
primero y el deseo de leer después. “La educación sentimental de los varones”,
justamente, tiene que ver con mis lecturas de niño y adolescente en las décadas
del cincuenta y el sesenta y cómo esos textos literarios forjaron mi gusto por
la literatura y desataron el impulso de escribir. Se ha hecho mucho en los
últimos años para volver a instalar la lectura en el aula y en la familia, pero
no es suficiente. El foro de Mempo Giardinelli, al que asisto todos los años,
es pionero en este sentido, se viene haciendo en Resistencia desde 1996 y
asisten escritores, editores y académicos de todo el mundo, ya que esta
preocupación por la lectura no es sólo de los argentinos. También, en los
últimos foros, se ha tratado con interés la lectura digital y los nuevos
comportamientos lectores a partir de Internet.
Se han representado a partir de 1994 varias piezas teatrales de
tu autoría (“Si el trabajo es salud…”, “El jefe espera”, “Trozo de luna”,
“Aullidos”, “Música de siempre”, “Las cercanas lejanías”, “En este lugar
sagrado…”, etc.). ¿Las reunirás en algún tomo?
- OVB — Es una tarea que
me reservo para más adelante, ya que antes de reunirlas y publicarlas debo
dedicar un tiempo importante a corregirlas y sobre todo a sopesar su valor
teatral o literario. Surgieron como textos para grupos teatrales de la región;
algunos fueron escritos con urgencia para el proyecto “Cien ciudades cuentan su
historia”, auspiciado por el recientemente creado Instituto Nacional del
Teatro. No he vuelto a releerlas pero lo haré.
Sólo en el “Breve diccionario biográfico de autores argentinos
desde 1940” de la bibliotecóloga Silvana Castro (Ediciones Atril, 1999), tu
apellido figura en la Be larga: Bredam, Orlando van. ¿Tu apellido es de origen
holandés?
- OVB — Sí, es de origen
holandés, pero mis bisabuelos vinieron de Bélgica. Siempre escribí Van, así con
mayúscula, y en cualquier nómina alfabética, excepto la que mencionás, aparecí
en el lugar de la Ve corta. Lo de la ve minúscula aparece más para el von
alemán, y es una partícula que presupone un linaje de noble. En mi caso, no: es
una preposición que significa “de tal lugar”, es decir, “de la ciudad de Breda”
(Holanda); lo de la eme que sobra supongo que es parte de un genitivo o
gentilicio o algo así.
En 2011 se exhibe el cortometraje “Cómo decírselo”, de Aldo
Cristanchi —el primer unitario televisivo formoseño—, concebido a partir del
cuento homónimo de tu autoría. Y al año siguiente se estrena otro cortometraje,
dirigido por Guillermo Elordi, adaptado de tu “Cuento de horror”. ¿Cómo (te)
resultaron esas experiencias?
- OVB — “Cómo decírselo”
es un cuento que escribí a los diecisiete años, cuando todavía vivía en Entre
Ríos, y había obtenido una mención en un concurso local, el primer
reconocimiento que obtuve con mi obra literaria. A los pocos años de vivir en
Formosa, lo envié al diario “La Mañana” y lo publicaron en el suplemento
dominical. Aldo Cristanchi, que ya era un poeta conocido, lo leyó y lo conservó
durante más de treinta años con la intención de llevarlo al cine. Aldo le hizo
algunos cambios que me parecieron necesarios para la versión televisiva, reunió
los dos o tres actores que pedía el texto y produjo con su solo esfuerzo un
unitario que fue muy bien recibido por los televidentes de Lapacho, Canal 11,
un canal de aire que llega a toda la provincia y al Paraguay. Me sentí muy
halagado por la elección de ese cuento y más allá de los defectos propios que
provoca el trabajar casi en soledad, como hizo Aldo para abaratar costos,
considero que fue una buena experiencia.
“Cuento de horror” es
una microficción del libro “Las armas que carga el diablo” y es el germen de mi
novela “Teoría del desamparo”. Guillermo Elordi supo captar en el corto el
suspenso, el misterio y el sentido de esa pequeña historia, además de contar
con un excelente actor chaqueño, Pedro Monzón, que con su gestualidad
contribuyó a dar el clima preciso. Desde luego, un escritor nunca queda del
todo satisfecho: me parece que el remate que propuso Elordi no es el que yo
hubiera elegido al descartar el final poco cinematográfico de la microficción.
¿Seguís, desde el 2005, conduciendo el ciclo de minificciones
por cable “Taller de Zonceras”?
OVB — Sí, continúo y
cada vez me gusta más. En el 2005, el cable de El Colorado, el único que
tenemos, me preguntó en una entrevista qué se podía hacer para que la gente
leyera más. Fue entonces que les propuse hacer un micro, al final del
noticiero, en el que yo iba a leer un texto muy breve: un poema, una minificción,
una reflexión o el comentario de un libro. Les gustó y así empezamos. Los
primeros años, sólo leía, más tarde introduje comentarios sobre lo leído, y
este año, 2016, me propuse comentar a los clásicos, hacer una reseña lo más
pintoresca posible de aquellos libros que la humanidad ha acogido como modelos
literarios.
Es al dramaturgo que
algún día revisará, pulirá sus piezas teatrales y las editará probablemente, a
quien le pregunto por estos otros dramaturgos argentinos:
¿Armando Discépolo (1887-1971), Agustín Cuzzani (1924-1987),
Osvaldo Dragún (1929-1999) o Roberto Cossa (1934)?
- OVB — Desde luego, son
maestros, modelos a seguir, a los que podría agregar hoy otros nombres como
Eduardo Pavlovsky y Mauricio Kartum. Con este último hice un inolvidable curso
de dramaturgia en 2002 que no sólo me sirvió para escribir teatro sino para
adquirir técnicas que permitieran abordar todos los géneros literarios.
Armando Discépolo fue mi
primer deslumbramiento, tanto que hice una monografía sobre su particular
estética para Literatura Argentina cuando cursaba el profesorado y ese fue mi
primer “libro”, porque el consejo de redacción de la revista “Ser” de esa
institución educativa, decidió publicarlo como separata. Fue emocionante
recibir los cincuenta ejemplares de ese opúsculo que yo visualizaba como primer
hijo literario.
De Agustín Cuzzani, uno
de los más injustos olvidos, tomé en los ochenta “El centroforward murió al
amanecer” y lo incluí en mis cátedras de nivel terciario; hay pocos textos tan
esclarecedores acerca de esa mercancía envilecida que es el jugador de fútbol
en la actualidad.
A Osvaldo Dragún lo
conocí personalmente en Concepción del Uruguay en 1973, cuando llevó su obra
“Nuevas historias para ser contadas”; tuve la oportunidad de conversar con él
con un café de por medio, era un hombre humilde y sabio, el Bertolt Brecht
argentino, el gran innovador de la escena nacional a fines de la década del
cincuenta; más tarde llevé a escena como director sus piezas más conocidas,
como son “Historias para ser contadas” y “Los de la mesa diez”.
A Roberto Cossa lo
encontré primero en Villaguay, Entre Ríos, en 1970, yo era un jovencito que
recién se iniciaba en el teatro y a raíz de un encuentro nacional celebrado en
esa ciudad pude escucharlo, leerlo, verlo representado y admirarlo para
siempre. Muchos años después volví a encontrarlo en Resistencia, en el Foro
Internacional de Lectura organizado por Mempo Giardinelli. Aquel hombre
retraído en permanente meditación que yo había visto en mi adolescencia, era
ahora un célebre anciano divertido, lleno de humor e ironía, un personaje más
de sus eternos grotescos.
- OVB — La narrativa del
nordeste argentino se inicia con Horacio Quiroga; de alguna manera, su maestría
en el cuento impone no sólo una preceptiva de este subgénero, sino también una
mirada trágica y fatalista que recién es rota alrededor de 1980 por Mempo
Giardinelli, que aporta el humor y la superación del pintoresquismo a partir de
su novela “La revolución en bicicleta”. En esta línea tenemos desde entonces a
Olga Zamboni (Misiones), José Gabriel Ceballos (Corrientes), Humberto Hauff
(Formosa) y Miguel Ángel Molfino (Chaco). Entre los más jóvenes me gustan
Sandro Centurión (Formosa) y Mariano Quirós (Chaco); este último ha obtenido
importantes distinciones por su narrativa dentro y fuera del país.
La poesía del nordeste
tiene ya autores canónicos como Alfredo Veiravé, chaqueño por adopción, y los
correntinos Francisco Madariaga y David Martínez; entre los más jóvenes,
actualmente en plena construcción de su obra poética, destaco a los chaqueños
Claudia Masin y Mario Caparra por su osadía, su actitud irreverente sin salirse
del contexto de producción de sus textos. Se escribe poco teatro y no es
interesante, me parece complaciente y poco audaz en sus formas.
Te has referido ya a los pilagás. Y en la Revista “Ñ” del diario
Clarín publicaron un artículo tuyo cuyo título es “Las historias que narran los
wichís”.
- OVB — Sí, en 2004
conocí durante el dictado a mi cargo de una cátedra de la Licenciatura de nivel
inicial a Karina Contreras, una maestra que se desempeñaba en el oeste
formoseño en una escuela con alumnos wichís. Cuando le propuse hacer una
monografía sobre literatura infantil, ella se decidió por contar las historias
que las abuelas wichís narran a sus nietos. Fue hermoso su trabajo. Durante un
año entrevistó a las ancianas de esa etnia y logró que le contaran fábulas y
leyendas absolutamente desconocidas por la población blanca. Accedimos a un
imaginario puro, original y bello. Quedé muy impresionado y en ese artículo de
Clarín menciono a la maestra, a sus informantes, y transcribo algunas de esas
versiones orales que revelan una cosmovisión particular y que provocan el mismo
asombro de las narraciones orales que heredamos de Europa. Lo mágico, lo
impuro, el mal y el bien, el horror y el placer aparecen como elementos
constantes, tal como Vladimir Propp descubrió en los relatos maravillosos del
folclore ruso y que son comunes a todas las culturas del mundo.
En 2005, a través de la Fundación OSDE, se edita en tu provincia
adoptiva el volumen de cuentos “Cuatro versiones sospechosas”, en colaboración
con Héctor Rey Leyes, Luis Rubén Tula y Humberto Hauff. ¿Cuatro narradores y
sus respectivas versiones de ciertos episodios…?
- OVB — No es
exactamente así; fue un título que se le ocurrió a Tula y simplemente nos gustó
sin buscarle algún sentido vinculado a los cuentos allí reunidos. Sin embargo,
ahora que reviso el libro encuentro lugares comunes respecto de lo que los
cuatro pensamos acerca de hacer narrativa desde Formosa, y tiene que ver con la
necesidad de abandonar la temática rural, sobre todo esa mirada bucólica y
piadosa que ha confundido el folclore con la literatura. En estos cuentos
aparece una mujer y un hombre de pequeña ciudad del interior con sus impurezas
y sobresaltos no tan distintos a los de otros lugares del mundo. Necesitábamos,
como suelo decir, una mirada arltiana (de Roberto Arlt) de estas ciudades ya
desangeladas.
¿Vicios, propensiones fastidiosas u odiosas?...
- OVB — No tengo vicios,
soy metódico y bastante organizado pero mi mayor defecto es la propensión a
exagerarlo todo, a buscar siempre los extremos en la conversación o discusión
cotidiana. Me considero un sujeto exageradamente apasionado pero a la vez capaz
de revisar todo el tiempo mis propias ideas y renegar de mis iras a las que
vuelvo indefectiblemente.
¿Hiciste fichas, apuntes para la organización de tu novela “Nada
bueno bajo el sol”? ¿Enmendaste mucho? ¿Más, menos que para la organización de
tus otras novelas?
- OVB — “Nada bueno bajo
el sol” tiene varios borradores pero ningún plan de trabajo, es la trama más
caprichosa que he podido armar. La primera versión de 1994 es manuscrita y
ocupa un cuaderno de doscientas hojas; la segunda, que recupera y agranda la
anterior es dactilografiada y fue escrita entre 1995 y 1998; la tercera y
última, con muchas correcciones, fue digitalizada en 2002, un año antes de su publicación.
Es una novela que hubiera seguido corrigiendo indefinidamente si un amigo no me
hubiera propuesto editarla. La versión publicada de 2012 por el sello Viceversa
(Chaco-Córdoba), elimina varios relatos interpolados en el relato central.
Todas las demás novelas que escribí obedecieron casi siempre a un plan inicial y a una investigación previa, pero en este caso fui todo el tiempo el lector sorprendido de la disparatada travesía del personaje protagonista.
Todas las demás novelas que escribí obedecieron casi siempre a un plan inicial y a una investigación previa, pero en este caso fui todo el tiempo el lector sorprendido de la disparatada travesía del personaje protagonista.
¿Qué anécdota hay detrás del cuento que da título al volumen “La
mujer sin ombligo”?
- OVB — Está basado en
la historia real de mis suegros, es un homenaje a esa curiosa relación de amor
y odio que los sostuvo durante más de cincuenta años. Cuando ella murió, todos
pensamos que al fin él alcanzaría el sosiego necesario como para vivir mejor
sus últimos años. Estaba sano y feliz al principio, pero seis meses después se
dejó morir de tristeza, no podía aceptar la vida sin ella. Este es un tema que
me gusta mucho y que estoy indagando en mi última novela que está todavía en
proceso de escritura.
Daniel Chirom, en un reportaje que le hiciera a Francisco
Madariaga en 1985 le pregunta: ¿Usted se considera un poeta correntino? Y a
continuación inquiere: ¿A usted le molesta que lo vean como un representante de
Corrientes? Imito a Chirom y te pregunto, Orlando: ¿Te considerás un poeta
entrerriano? ¿Te molesta que te vean como un poeta de Formosa?
- OVB — En principio, me
cuesta “considerarme” un poeta, siempre me pienso como un apasionado lector y
docente de literatura, actividades que me satisfacen todo el tiempo y de alguna
manera me enorgullecen; por otro lado, si los entrerrianos me perciben como un
poeta de su provincia o los formoseños de la suya, no deja de halagarme, son
gestos de cariño y yo no voy a impugnarlos de ninguna manera. En el fondo,
recuerdo aquella frase de Juan L. Ortiz: “El poeta sólo habita el lenguaje”.
Creo que en mi caso es así, cuando me invade el deseo de escribir poesía o algo
parecido, la única región posible es ese “granero de palabras que llevamos con
nosotros”, como dijo Pablo Neruda; por otra parte, no me interesa el color
local ni los modismos de un lugar o de otro, creo que la poesía debe aspirar a
algo más profundo que a esas formas locales del habla; la misión del poeta es
la de revelar la espiritualidad del mundo sensible, como pedía Jacques
Maritain, de modo que Paul Eluard no sea leído como un poeta “francés” sino
como un poeta universal aunque esté escribiendo sobre Francia.
El prestigioso ensayista Guillermo Ara (1917-1995) afirmó en
1981: “El verso de Van Bredam es una sostenida metáfora. Es más metáfora que
verso porque sus símbolos, a fuerza de entrañar poderes y juegos de la tierra,
furores del cielo y vendavales del aire ha creado una eufórica mitología en la
que se sumerge como un fauno joven y ardiente.” ¿Te reconocés en esa
definición?
- OVB — Guillermo Ara
hizo el prólogo de mi primer libro de poesías titulado “La hoguera inefable”
(1981), que reúne los trabajos míos escritos entre 1974 y 1981, yo tenía entonces
menos de treinta años y mis versos, como lo explica el maestro, dilapidaban
recursos retóricos, había más hojarasca que conceptos. En ese mismo prólogo,
Ara anticipa a los lectores que “ya llegará el tiempo de la poda”. Tuvo razón,
mi poética evolucionó hasta quitar toda esa grasa y dejar aparecer el hueso.
Desde entonces busco un equilibrio entre lo conceptual, lo sensorial y lo
emotivo, que según Carlos Bousoño son los estratos del poema
¿Libros inéditos?...
- OVB — Hay dos o tres
novelas inéditas que no pienso publicar por el momento porque considero que no
están logradas, que se merecen muchas correcciones y que tal vez de ahí, no
quede nada. No importa, no vivo de la literatura y eso me permite ser paciente
y esperar a que surja algo que realmente me satisfaga. No obstante, el 4 de
octubre de 2015 me embarqué en una nueva novela que aspira a elaborar
fundamentalmente el tono y la sintaxis, una novela a la que concurran las
estrategias del discurso poético pero que a su vez, cuente una historia con una
o varias intrigas. En fin, en eso estoy, y escribir sin ponerme límites de
tiempo ni horarios de producción, son para mí lo más placentero de todo el
proceso, mucho más que publicar un libro.
ROLANDO REVAGLIATTI. Ha sido traducido, y así difundido en
medios gráficos y digitales, a doce idiomas (su poemario "Ardua"
cuenta con reciente edición bilingüe castellano-neerlandés a través del sello
"Stanza" en Holanda). Varios libros suyos cuentan con ediciones
electrónicas, disponibles en http://www.revagliatti.com.ar
[1]
Se conoce como la Masacre de Rincón Bomba al
asesinato de aborígenes de las etnias toba, pilagá y wichi, perpetrado entre el
10 y el 30 de octubre de 1947 por tropas de Gendarmería Nacional en las
cercanías de Las Lomitas, en el entonces Territorio Nacional de Formosa. Fueron
masacrados más de 500 aborígenes, hombres, mujeres y niños, desnutridos y
desarmados que portaban retratos de Perón y Evita. La masacre nunca fue
investigada ni juzgada judicialmente y permanece impune hasta la actualidad.
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