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lunes, 4 de mayo de 2015

DESDE TARRAGONA CONVERSNADO CON TERESA DOMINGO CATALÁ [1ra Parte]

ENTREVISTA  [1RA PARTE]

 A Teresa Domingo Catalá la conocí virtualmente cuando me encontraba editando  “Palabraabra viva” Había leído algunos de sus poemas y noté una poética fuerte, directa, avasalladora. La invité a ser incluida pero al final no accedió a la cita por conceptos estéticos en la conformación de los diálogos. La invité a una conversación y accedió a ello sin dilación. Teresa nació en Tarragona el año 1967, donde reside. Es Licenciada en Ciencias Políticas y en Sociología por la UCM, en el año 1992. Es copropietaria de la librería Ómnibus, en Tarragona, especializada en sensualidad y erotismo. Ha publicado varios libros de poesía. Está incluida en las antologías hispanoamericanas de poesía compiladas por Leo Zelada y su obra, tanto poética como dramática, está publicada en distintas revistas virtuales.
Ernesto R. del Valle.- Ante todo deseo platicar con esa niña que vive dentro de ti, esa que en las noches, quizás aún teme a lo oscuro, sabiendo que definitivamente el miedo vive dentro de nosotros. Quisiera que esa niña me cuente de sus primeras experiencias en la casa hogareña donde nació en Tarragona. Sus juegos, sus amigos. Anécdotas, etc..
Teresa Domingo Catalá.- Ahora mismo esa niña ha crecido mucho emocionalmente. La niña asustada y temerosa que fui, amante de la noche, de la oscuridad, del sueño y de la imaginación se ha convertido en una niña fuerte, enérgica, potente, y sobre todo valiente.
Cuando era niña me encantaba el fútbol y mi sueño era jugar en el Barça, como Johan Cruiyff[1]. Entonces no era consciente de que, como era del sexo femenino, mi aspiración era imposible. Cuando tenía unos siete años mis padres me regalaron el equipo del Barça con el número 9, que era del famoso jugador del que yo estaba “enamorada”. Y no se me ocurrió una idea mejor que decírselo a todo el vecindario con notitas de papel firmadas con mi nombre. Después los chicos y las chicas se reían de mí, porque yo ya de niña no era demasiado normal.
Pero nunca he querido ser normal, si es que la normalidad existe, pues ¿qué es en realidad lo normal? ¿Quién lo establece?

ERdelV.- ¿Quienes fueron las personas más importantes para ti, en esa etapa de tu niñez?
TDC.- Mi  tiet y mi abuelo fueron las personas más importantes de mi infancia. Eran los que me llevaban a jugar a los columpios, a las ferias de los barrios, los que me daban algo de dinero para comprar golosinas y tebeos. Me mimaban y me consentían, y me amaban mucho y yo también les amaba a ellos. Mi madre me contaba, cuando yo ya era más mayor, que mi tiet viajó a Francia cuando yo tenía cuatro añitos. No había juguete que me consolara, ni televisor que me entretuviera, ni otra persona que me conformara: yo quería a mi tiet y a nadie ni a nada más. 

ERdelValle.- Debiste haber tenido gustos y preferencia. De niños ¿quién no los ha tenido?
TDC.- De niña me encantaba la política y mi programa preferido de televisión eran los telediarios. Me fascinaba la historia y no comprendía que todo eso había ocurrido en este mismo planeta, sólo que en distinta época. No entendía el concepto de muerte. Para mí todo era eterno tal y como era, y pensaba en mi ingenuidad que el mundo siempre había sido tal y como yo lo veía.
Me gustaba jugar con los chicos del barrio a las carreras, a los piratas y con las niñas jugaba a saltar la goma y a la comba. Era muy activa físicamente y no paraba quieta.
Como me vino la menstruación muy temprano, a los nueve años, se me acabaron este tipo de juegos porque desde ese momento ya era una “mujer”. 

ERdelV.- Esa es otra etapa en la niñez femenina, el mal llamado paso “de niña a mujer”
Porque en definitiva en el consciente sigue siendo la niña que es.
Al acabarse los juegos, ¿qué hiciste?
TDC.- Leía cuentos y tebeos, sobre todo, y me encantaba leer. Aprendí deprisa y se me daba bien, también en las redacciones del colegio. Escribí una sobre los almendros en flor y me la puntuó la maestra con un muy bien. Cuando la pasé a limpio - mis libretas eran desastrosas – repetí ese muy bien y las niñas se rieron de mí pensando que me lo había puesto yo porque sí, cosa que nunca se me habría ocurrido.
Aprendí a montar en bicicleta con la bici de una vecina. Los padres de esta niña le habían prohibido que la prestara, pero nos escondíamos y ella me enseñaba cómo tenía que hacer para no caerme. Luego mi abuelo me compró una bicicleta ya de mayor.
Mi otro abuelo, el que vino de Francia, me hizo un regalo sorpresa cuando tenía cinco años: una bicicleta con ruedas atrás, para la niña que era. La envolvió y la puso encima de la mesa del comedor. Usé esa bicicleta hasta que no quedó de ella ni un pedal sano. Siempre he pensado que el mejor tributo que le podemos hacer a los regalos es usarlos muchas veces y disfrutarlos, porque si no quedan inservibles y encima sin haberlos utilizado. 

ERdelV.- Cuando somos niños sobre dimensionamos tiempo y espacio. Intuimos a las personas que nos rodean.  ¿Cómo fue la relación de la niña Teresita con sus padres?.
TDC.- Mi relación con mi madre siempre fue problemática. Tengo recuerdos muy bonitos, como cuando me arropaba por la noche o me cuidaba cuando yo estaba enferma. Cuando le acariciaba las manos o me sentaba encima de sus rodillas y me hacía dar pequeños saltos haciendo de caballito.
ERdelV.- Sobre tu papá, ¿qué recuerdas en tu infancia?
TDC.- De mi padre no tengo recuerdos en la niñez. Sólo de la adolescencia.

ERdelV.- Tus lecturas en esa época donde la adolescencia comenzó a forjar tus, quizás,  primeras rebeldías fueron lecturas dirigidas o espontáneas? ¿Qué autores preferías?
TDC.- Mis lecturas eran totalmente espontáneas. En mi casa no se leía. Nadie leía habitualmente. Sólo uno de mis abuelos, y eran novelitas del Oeste. Esto tuvo un efecto positivo. Nadie de mi familia podía sospechar que hubieran libros peligrosos, o que en los libros pudiesen existir ideas subversivas.
Así que yo vivía en una dicotomía extraña: por una parte se reprimía mi personalidad hasta límites casi inconcebibles y por otra se me daba una libertad absoluta para leer lo que yo quisiera.

ERdelV.- Sobre tu papá, ¿qué recuerdas en tu infancia?
TDC.- De mi padre no tengo recuerdos en la niñez. Sólo de la adolescencia.

ERdelV.- Tus lecturas en esa época donde la adolescencia comenzó a forjar tus, quizás,  primeras rebeldías fueron lecturas dirigidas o espontáneas? ¿Qué autores preferías?
TDC.- Mis lecturas eran totalmente espontáneas. En mi casa no se leía. Nadie leía habitualmente. Sólo uno de mis abuelos, y eran novelitas del Oeste. Esto tuvo un efecto positivo. Nadie de mi familia podía sospechar que hubieran libros peligrosos, o que en los libros pudiesen existir ideas subversivas.
Así que yo vivía en una dicotomía extraña: por una parte se reprimía mi personalidad hasta límites casi inconcebibles y por otra se me daba una libertad absoluta para leer lo que yo quisiera.
Pero mi recuerdo de mi madre en la niñez no es grato. La recuerdo siempre nerviosa, con una supuesta asma que no era real, sino producto de su mente que le producía ahogos de tipo psicosomático. Iba deprisa y para ella coger un autobús se convertía en una expedición a la Antártida. Siempre sufría por todo y la relajación y la tranquilidad se convertían en cosas imposibles. 
Yo no podía comprender que mi madre se encontraba agobiada por todo el mundo: por mi padre, mi tiet, por su padre, por sus suegros, por las vecinas... Mi madre atendía a todo el mundo y se sentía responsable de cuidar de todos, y pasó toda su vida al servicio de los demás, y ese peso se convertía en algo insoportable para ella, pues era responsable de un montón de gente a la que tenía que cuidar.
Y ese peso se descargaba en mí. Mi madre me trataba como se trataría a una amiga, y yo me pasé la infancia escuchando sus monólogos y aprendí a cuidar de los demás, pues en lugar de apoyarme en mi madre, ella se apoyaba en mí. Y yo era muy pequeña. 
En caso de conflicto con una tercera persona mi madre nunca me apoyó. Nunca. Los demás siempre tenían razón, porque para ella los demás eran más importantes que su propia familia. Cuando ella enfermó de cáncer, esos demás que tanto le importaban desaparecieron totalmente y su hija rompió su vida para cuidarla. 

ERdelV.- La niñez es –definitivamente- esa etapa de la plena inocencia. Nuestros padres son siempre el ideal perfecto, los magnificamos a nivel de héroes, por eso me sorprende esta situación entre ustedes dos. Siento en estos momentos la voz de aquella niña pidiendo explicación ante  aquello que no comprendía. ¿Guardas alguna anécdota que desees contar?
TDC.- Una de las cosas que más me dolieron de mi madre fue cuando me hizo regalarle a otro niño un trencito de juguete que me regaló mi abuelo – el que se exilió después de la guerra civil -.. No era por ser mío sino por el valor sentimental que tenía ese trencillo para mí. Yo tenía tres o cuatro añitos.
Mi madre me sobreprotegió y me anuló. Sólo de adulta he logrado reconciliarme con la figura de mi madre, saber que me amaba aunque a mí su amor no me llegó y yo no lo sentí.
Pero de mi madre tengo la sensibilidad y la espiritualidad y de su familia el talento artístico. Como ya he comentado, al venirme la menstruación se me acabó el hacer la cabra. Mi madre me dijo: te sientas en un banco, y me dio un libro. Sin ella saberlo, despertó en mí una pasión que morirá cuando yo me muera.




[1] HENDRIK JOHANNES CRUIJFF. Conocido internacionalmente como Johan Cruiyff (Ámsterdam 25 de abri de 1947  Johan Cruyff  es un  ex entrenador del FC Barcelona, ex presidente de honor del FC Barcelona  y colaborador de la federación catalana en proyectos deportivos y sociales. Su apellido se escribe Cruyff en grafía tradicional o Cruijff en ortografía neerlandesa reformada.

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